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domingo, 23 de febrero de 2025

Dónde va la consciencia en una persona en muerte clínica: “Somos más que materia”

  

14 hospitales, entre ellos el Clínic de Barcelona o el Ramón y Cajal de Madrid, colaboran en un estudio que hará un seguimiento de ocho años a 344 pacientes que han experimentado este fenómeno

“La consciencia es la presencia de Dios en el hombre”, decía Víctor Hugo. Dejando a un lado la consideración religiosa, esta idea, que parece desligar la consciencia de cualquier origen material –como podría ser el cerebro- la podría suscribir la doctora Luján Comas. Esta especialista en anestesiología y reanimación, con más de 30 años de trayectoria en el hospital Vall d’Hebron de Barcelona, encabeza un estudio –en el que participan 14 hospitales, entre ellos el Clínic de Barcelona, el hospital de Bellvitge o el Ramón y Cajal de Madrid- que pretende determinar qué ocurre con la consciencia de las personas que han estado clínicamente muertas y que, tras ser reanimadas, han vuelto a la vida. Algunas de ellas relatan, tras volver, que percibieron todo el proceso de su reanimación aún estando inconscientes. ¿Cómo es posible? Esa explicación es la que persigue la doctora Comas.

“La investigación [de nombre Proyecto Luz e impulsada por la Fundación Icloby] pretende demostrar que somos más que materia”, explica Comas a La Vanguardia. “Tenemos un concepto materialista de la existencia. Es decir, que cuando se para el cerebro, se acabó todo, no hay nada más. Pero parece que las experiencias cercanas a la muerte (ECM) registradas en hospitales –donde hay un diagnóstico de muerte que precisa de una reanimación- nos dicen lo contrario”, agrega.

En este sentido, recuerda que hay un porcentaje elevado de personas que relata que durante esos pocos minutos en los que se las estaba intentando reanimar y su cerebro no funcionaba (encefalograma plano) tuvieron “una consciencia más plena que cuando estaban conscientes”. Y no solo eso. Pudieron describir con precisión todo lo que ocurrió a su alrededor.

Pero, ¿cómo es posible si no tenían función cerebral? “Esta realidad no entra dentro de los parámetros que los médicos hemos estudiado en la carrera”, sostiene Comas. De ahí que se precise de otra explicación. Hoy –subraya- la ciencia no sabe qué ocurre con la consciencia cuando una persona está clínicamente muerta tras una parada cardiorespiratoria. “Pero hay muchos estudios que apuntan a la existencia de una consciencia no local”, alerta. 

Vendría a ser la supraconsciencia de la que habla el doctor Manuel Sans Segarra –antiguo jefe del servicio de cirugía general y digestiva del hospital de Bellvitge- en su libro La supraconciencia existe: vida después de la vida. “Se le puede llamar supraconsciencia, campo cuántico, alma, vacío cuántico…”, reflexiona Comas.

Esta investigadora sospecha que el axioma que defiende que la consciencia es local, que es un subproducto del cerebro, no se ajusta a la realidad. “Estamos estudiando casos de personas en estado vegetativo, en coma, donde no hay función cerebral y en las que se ha visto que la consciencia está ahí y que simplemente no se puede manifestar”, esgrime. “Y esto apunta –prosigue- al concepto de consciencia no local, donde el cerebro sería como una antena, un receptor, una interfaz entre esa supraconsciencia y la consciencia local, la del cerebro”.

Este planteamiento hace trizas todos los esquemas, “pero que los rompa no quiere decir que no suceda”, subraya Comas. “Está pasando, y tenemos que averiguar por qué pasa. Tiene que haber una explicación”.     

Lo que está claro –enfatiza- es que las ECM no son fruto de una alucinación, “un fenómeno que no puede ocurrir a no ser que el cerebro esté activo”. Esgrime, además, que una alucinación nunca te cambia la vida hacia una vertiente más espiritual, “que no quiere decir religiosa”, y la persona que la padece acostumbra a no querer hablar de ella “porque no le deja buen cuerpo”.

Todo lo contrario ocurre con las ECM. “Tras una experiencia así la gente cambia su estilo de vida. Es decir, un fenómeno que, como mucho, dura dos minutos, les lleva a hacer esa transformación”, arguye Comas. “Y ese cambio no tiene por qué ser inmediato. Se ha visto que puede llevar unos años. Más del 70% se separa. Sienten más atracción por la vertiente espiritual del mundo que la material. Necesitan más contacto con la naturaleza, los animales, con otros seres humanos. Muchos cambian de trabajo”.

El Proyecto Luz consta de tres fases y hará un seguimiento de ocho años a cada uno de los 344 pacientes que participarán en la investigación. Algunos de los hospitales ya han acabado la primera fase, que se activa cuando el paciente –que acabará formando parte de la investigación- sufre una ECM. “Se trata de un estudio prospectivo, como cualquier ensayo clínico, y cuenta con un grupo de control”, arguye Comas. “No solo se estudia a las personas que han tenido una ECM, sino también a un grupo de pacientes que han sufrido una parada cardiorespiratoria pero sin describir una ECM”.

Tras la parada cardiaca y la reanimación, se recogen todos los datos clínicos a través de un protocolo que se ha establecido y validado en los comités de ética e investigación de cada uno de los hospitales. En el segundo año, se pasan varios cuestionarios científicos a los participantes para evaluar los cambios que ha habido en su vida tras esa experiencia. Y a los ocho años se les vuelve a encuestar.

“Hay muchos que no relatan la ECM que vivieron en el primer año, pero sí la explican al segundo o al cabo de ocho años”, sostiene Comas. ¿Por qué razón? “Tienen miedo que los lleven al psiquiatra, que les den medicación… y es que esto ha pasado. Hay familiares que a veces les aconsejan que no lo expliquen, por las posibles consecuencias”.

Para validar que una persona ha tenido una ECM ha de cumplir siete de los 16 ítems de la escala Greyson, ideada en su día por el doctor Bruce Greyson, asesor científico del estudio y uno de los padres de este tipo de investigaciones.

La cifra de 344 pacientes a los que la investigación quiere hacer un seguimiento no es baladí. La idea es comparar los resultados del estudio con el realizado en el 2001 por el cardiólogo Pim Van Lommel, que contó también con 344 participantes y fue publicado en The Lancet.

Solo el 18% del total de pacientes que participaron en ese estudio describieron haber tenido una ECM. “No se sabe por qué solo ese grupo la experimentó. En todas las investigaciones que se han hecho hasta hoy el porcentaje oscila entre el 6% y el 25%”, arguye Comas.

La doctora, no obstante, tiene su teoría. “Está comprobado científicamente que todos soñamos, pero solo un porcentaje muy pequeño de las personas recuerdan los sueños. Con las ECM puede pasar algo similar, pero hace falta poder demostrarlo. Posiblemente, todas las personas que están a punto de morir tienen estas vivencias”.

 Van Lommel explica a este diario que, en su estudio, “ni la duración del paro cardíaco (2 u 8 minutos), ni de la inconsciencia (5 minutos o tres semanas en coma), ni la necesidad de intubación en una reanimación complicada, ni un paro cardíaco breve inducido en una estimulación electrofisiológica tenían influencia alguna en la frecuencia de las ECM. Por tanto, el grado o la gravedad de la falta de oxígeno en el cerebro (anoxia) parecía ser irrelevante”.

Asesor también del Proyecto Luz, este cardiólogo espera que la investigación de la doctora Comas y otras que se están realizando confirmen sus hallazgos respecto a que “el cerebro no produce conciencia, sino que tiene una función de interfaz para experimentar la conciencia, y que esta última no es local, va más allá del tiempo y el espacio, y es eterna, sin principio ni fin”.

 

Una ECM impactante

Hay muchas historias que relatan personas que han vivido una ECM. De las que más impactó a la doctora Comas es la del neurocirujano, y profesor de la escuela de Medicina de Harvard durante 15 años, Eben Alexander, que también es uno de los asesores del Proyecto Luz. Él no creía en las ECM, hasta que una bacteria le afectó el cerebro en el 2008, dejándolo en coma. Tras una semana conectado al respirador, le dijeron a su mujer que lo iban a desconectar, y es que no había habido evolución alguna. Todo lo contrario: la bacteria le había destrozado toda la parte cognitiva del cerebro, por lo que de despertar, lo haría en una situación muy crítica. Su hijo escuchó la conversación que mantenían los médicos con su madre, y fue a la habitación de su padre para decirle -aunque estaba en coma- lo que iba a suceder y pedirle que no se marchara. Su padre despertó del coma. Se recuperó de una manera espectacular y relató unas vivencias increíbles que había experimentado mientras estaba sin función cerebral. Explicó que había entrado en contacto con una chica de 19 años, a la que describió detalladamente, que había sido su guía en todo momento y que le había dicho que tenía que volver, que todavía no era su momento. Se da la circunstancia de que Alexander es adoptado: sus padres biológicos lo dieron en adopción porque eran muy jóvenes cuando lo tuvieron. No obstante, tiempo después se casaron y tuvieron tres hijos, detalle que Alexander desconocía por completo. Cuatro meses después de su coma, recibió una foto de uno de sus tres hermanos biológicos, concretamente de la mayor. Resultó ser la chica que lo había acompañado durante su coma. De nombre Betsy, había fallecido a los 19 años, dos años antes de que él enfermara.


 Fuente: La Vanguardia

lunes, 27 de febrero de 2017

Más allá de la vida


Las personas que aseguran haber vuelto de la muerte coinciden al describir muchos aspectos de esta experiencia. La neurociencia no ha sido capaz de encontrar una explicación científica que tenga rigor.

Hablar de  experiencias cercanas a la muerte (que responden a las siglas ECM) es hablar del temor por antonomasia: el miedo a morir. Para explicar qué es una ECM disponemos de los relatos de miles de personas en todo el mundo y a lo largo de la historia de la humanidad. Aunque las formas de contarlas pueden ser diferentes, existen numerosas coincidencias entre quienes han vivido este momento.

Comienzan con una desconexión con el propio cuerpo. Se describen a sí mismos como observadores, flotando, en un entorno que ya reconocen como ajeno. No sienten dolor, pero saben que están muertos (o creen estarlo). Durante esta breve pausa, todavía sienten presencia en el mundo, si bien la aprecian como en la distancia. Hablan de estados especiales de conciencia, de una infinita sensación de paz interior y a la vez de euforia, de libertad. Tras un instante pasan a deambular, como un ente abstracto, incorpóreo, por un espacio desconocido. Relatan un viaje a través de un túnel donde observan paisajes plagados de seres extraños, figuras místicas o personas cercanas, algunas ya fallecidas. Tras el túnel aparece una luz intensísima, radiante, blanca. Hablan de recuerdos y emociones. Coinciden en señalar que observan una especie de retrospección panorámica de sus propias vidas, un resumen, una película. Pero estas imágenes recuperadas de la memoria, del pasado, se mezclan con imágenes de futuro. Aseguran tener claridad de pensamiento, relatan un estado casi de éxtasis. Se acerca tanto a la descripción del alma que diferentes investigadores han querido ver en estas experiencias el origen de algunas religiones.

Es importante señalar que mantienen la sensación de identidad: saben quiénes son y han sido. Si bien es cierto que los relatos son similares, la interpretación posterior suele tener inevitables componentes culturales. Los creyentes hablan de conexión con Dios; los ateos, de una energía sin precedentes, y los niños, normalmente, de ángeles. Todos, no obstante, hablan de un cambio del estado de la materia.

Pueden tardar días en contar detalladamente una experiencia que cronológicamente ha durado segundos o minutos. Este fenómeno lleva a pensar, por una parte, en la relatividad del tiempo y, por otra, a que en realidad se trata de elaboraciones posteriores, ya conscientes y por tanto sometidas a la influencia de las creencias, la cultura e incluso de los deseos.
Del mismo modo que las ECM han sido objeto de estudio por parte de filósofos o teólogos, también han sido un campo de interés para los científicos. Es tentador, ahora más que nunca gracias a los avances de la tecnología aplicada a la neurociencia, indagar en la relación entre estos fenómenos y el funcionamiento cerebral. El mayor escollo con el que se enfrentan los científicos –igual que otros pensadores– es, cómo no, el lenguaje. La indefinición de términos tan abstractos y complejos como la conciencia, el alma o la mente fomenta el debate y al mismo tiempo dificulta alcanzar una conclusión unificada, consistente.

Uno de los investigadores más reconocidos en la actualidad en este campo –del que está obteniendo enormes réditos en publicaciones y conferencias– es Pim van Lommel, un cardiólogo holandés interesado en estos fenómenos tras habérselos escuchado a muchos de sus pacientes que sobrevivieron a un infarto de miocardio. La investigación, basada en las experiencias de 300 de ellos, se publicó en la revista científica The Lancet y mostraba que el 18% de los afectados habían tenido una vivencia compatible con una ECM. No hallaron correlación con las creencias religiosas o la espiritualidad previa al fenómeno. Tampoco consideran probable que los factores psicológicos sean importantes, ya que el miedo, asegura Van Lommel, no está asociado con la ECM.

En opinión de otros científicos, estas experiencias no son más que el resultado de periodos de falta de oxígeno a nivel cerebral. Aseguran que la conciencia es un producto del cerebro y su interacción con la persona y el ambiente, pero que no existe la conciencia en sí y, desde luego, no existe la conciencia sin vida corporal. En contra de esta postura, Van Lommel dice: “Si la conciencia es un mero ‘producto’ del cerebro, ¿cómo puede ‘sobrevivir’ y ‘explicar’ la experiencia de la muerte?”. Este planteamiento está plagado de errores, pues ni la conciencia es un producto –es un constructo, no una entidad clínica–, ni queda siquiera mínimamente demostrado que la conciencia “sobreviva” y mucho menos “explique” una experiencia. Tampoco el hecho de recordarla implica que esta haya sido en ausencia total de vida, pues no está claramente definida la muerte más allá de que no existe actividad eléctrica de suficiente intensidad como para ser recogida mediante electroencefalograma.

Los resultados de Van Lommel sí son claros en un sentido: las ECM no pueden explicarse mediante la neurociencia, al menos hoy día, por más que intente darle tintes de rigor.


¿Y qué dice la ciencia?

Los acontecimientos médicos que preceden a las ECM son variados (traumatismo craneal, parada cardiorrespiratoria...), pero también se ha observado este fenómeno tras el consumo de ciertas drogas –ketamina, LSD o mescalina– o en situaciones en las que se produce una disminución súbita de la llegada de oxígeno al cerebro.
Ante la falta de oxígeno, disminuye la actividad sensorial, se pierde la conexión con los almacenes de memoria y los estímulos –antes externos– son reemplazados por ­imágenes creadas por la propia mente, desconectada ya del entorno.
La sensación es de aislamiento absoluto, por eso se han relacionado estas experiencias con la eternidad.
Para la neurociencia, en rigor, no existe una explicación de las ECM más allá de la percepción de una serie de estímulos y la interpretación que posteriormente se da de ellos.


Fuente: El Pais