lunes, 27 de febrero de 2012

Educar a la francesa


Duermen sin molestar a sus padres, comen de todo, saludan siempre... Un libro que alaba la educación de los niños franceses abre un fuerte debate en los países anglosajones


"Incroyable, c'est incroyable", mascullaba Nicolás Sarkozy poco antes de una entrevista en la televisión pública France 3. Al presidente francés le parecía inconcebible que el ingeniero de sonido y la maquilladora que habían estado junto a él en los momentos previos a la emisión hubiesen ignorado el saludo que les había dirigido. «¿Qué menos que cuando uno es invitado pida un mínimo de educación?», se preguntaba ante la cámara cuando el programa aún no estaba en el aire. «¿Esto es el servicio público o estoy entre manifestantes?», añadía con gesto ofendido.
Sería difícil imaginar una escena así en cualquier otro país. En la muy laica Francia el saludo es lo más parecido a un precepto religioso y vulnerar sus reglas resulta una ofensa que puede acarrear pena de excomunión social. Como los buenos modales a la mesa, el respeto a los peatones en los pasos de cebra o la estricta observancia de los turnos en las colas, el 'bonjour' constituye una de las vértebras sobre las que pivota ese intangible que se denomina 'politesse' -cortesía sería la traducción más aproximada-, un código de buenas costumbres que es una de las señas de identidad del país vecino.
El ritual del saludo es inculcado desde la más temprana infancia. A la periodista estadounidense Pamela Druckerman le sorprendió la exquisita cortesía de los niños cuando hace ya unos años dejó su país y se instaló junto a su pareja londinense y su hija de 18 meses en Francia. El contraste entre los bruscos modales de los hijos de sus amigos americanos, que le ignoraban olímpicamente cuando se acercaba a ellos, y la amabilidad de sus nuevos vecinos despertó su curiosidad.
El interés fue en aumento cuando se dio cuenta de que las diferencias iban bastante más allá. Los niños franceses, constató, se comportaban civilizadamente en la mesa en los restaurantes, transitaban por los supermercados sin encapricharse de lo primero que veían y dormían de un tirón cada noche sin molestar a sus progenitores
Druckerman consultó estadísticas, habló con psicólogos, educadores y especialistas, y llegó a la conclusión de que existe una enorme brecha entre la educación en Francia y la que se aplica en los países anglosajones. La periodista plasmó sus conclusiones en un libro que ha tenido una excelente acogida en Estados Unidos y Gran Bretaña. La obra ha sido titulada de forma diferente en ambos mercados. En EE UU se llama 'Bringing up bebe: One american mother discovers the wisdom of french parenting' (Criando a un bebé: una madre americana descubre la sabiduría de los padres franceses) y en Reino Unido, 'French children don't throw food' (Los niños franceses no arrojan la comida).
Los títulos, como se ve, son toda una declaración de intenciones. Druckerman recurre a su experiencia personal y escribe que cuando viajaba entre París y Londres a bordo del tren Eurostar distinguía la nacionalidad de un niño sin necesidad de oír en qué idioma hablaba. El que abandonaba cada dos por tres su asiento y gritaba y corría por los pasillos molestando a los demás viajeros no era nunca francés. Sus vivencias en su país de adopción ocupan buena parte del libro. Cuenta por ejemplo la sorpresa que se llevaron sus vecinos franceses cuando en una fiesta de cumpleaños infantil se presentó el hijo de unos amigos americanos con dos obsequios: el regalo para el que cumplía años y el que sus padres le habían comprado a él para que no organizase un número en la juguetería.
El contraste entre las prácticas educativas que se observan a ambos lados del océano sale a relucir en casi todas las páginas: «Cuando nos visitaban familias estadounidenses, los padres estaban constantemente intentando mediar en las peleas de sus hijos o arrojándose al suelo para jugar con ellos. En cambio, cuando venían familias francesas, los adultos tomaban un café mientras sus hijos se entretenían jugando entre ellos».
La autora llega a una conclusión casi tan vieja como el mundo cuando sostiene que una de las razones de la diferencia es que los padres franceses no ceden a las exigencias de sus hijos con tanta facilidad como los estadounidenses. Es decir, que no tienen miedo a decirles 'no' y, además, eso no les produce sentimientos de culpabilidad. En su opinión, los niños galos habrían adquirido gracias a esa actitud lo que en términos psicológicos se conoce como tolerancia a la frustración. La aplicación de reglas más estrictas en asuntos como los horarios, las comidas o el reposo nocturno harían el resto.

«Rigidez asfixiante»

El libro ha causado un revuelo considerable y las críticas no se han hecho esperar. En el diario británico 'The Observer' se arremetía contra la severidad de la crianza francesa en estos términos: «Si un niño francés hace una escena no se le disculpa, sino que se le da una paliza y, si sigue, se le manda al psicólogo». En el periódico también se podía leer que los anglosajones que residen en Francia se sienten con frecuencia «consternados por la rigidez asfixiante de sus escuelas, en las que aprender de memoria importa más que comprender».
A Druckerman no le han sorprendido demasiado las críticas. La periodista, que ha tenido otros dos hijos y sigue viviendo en Francia, insiste en que las destrezas educativas de los franceses son superiores a los de sus compatriotas. «Hacen lo mismo que ellos pero no caen en los excesos de los padres norteamericanos, que están al servicio constante de sus hijos y temen enfrentarse a sus caprichos».
El interés que ha suscitado el libro -se convirtió en el más vendido de no ficción nada más publicarse el pasado día 7 en el Reino Unido- indica que hay polémica para rato. Los pedagogos españoles observan el rifirrafe desde la distancia. Patxi Izagirre, un psicólogo clínico con una dilatada experiencia en el mundo de la educación, cree que el modelo español estaría hoy más cerca de la permisividad estadounidense que de la disciplina francesa. «Se está produciendo un incremento alarmante de la tasa de suicidios entre los adolescentes españoles porque no hemos sabido educarles en la frustración», advierte.
El psicólogo, no obstante, disiente de las bondades de la vía educativa de nuestros vecinos: «A mí no me gusta demasiado el rigorismo francés; le cortaron la cabeza al rey, o lo que es lo mismo, al padre, y en su lugar colocaron la razón de estado. Buscan la igualación a través del adoctrinamiento en vez de despertar la motivación individual desde el afecto, que es lo que plantea la tradición humanística británica de los Adan Smith o David Hume».
A Druckerman le cabe el mérito de haber puesto el dedo en la llaga con su libro. Una llaga, la de la educación infantil, que los estadounidenses acostumbran a flagelar sin muchos miramientos: hace ahora un año otra obra que defendía que había que ser mucho más estrictos con los niños provocó también un fuerte revuelo. Se titulaba 'Himno de batalla de la madre tigre' -su autora es de origen chino- y planteaba que había que prohibir a los chavales ver la televisión, jugar con el ordenador o ir a dormir a casa de un amigo. En lo académico, no se admitía nada por debajo de un sobresaliente. Comparadas con los feroces rugidos de la autora china, las palabras de Druckerman sobre la educación francesa suenan a ronroneo gatuno.

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